
Rafael Nadal desfila por el pasillo del vestuario de Sídney contrariado, mientras su fisio Rafael Maymò y el preparador que le asesora estos días, Marc López, guardan silencio. Son dos derrotas en los dos partidos que ha disputado en la apertura de esta nueva temporada; el sábado le superó en su estreno en la United Cup el británico Cameron Norrie, que en los cuatro precedentes no había conseguido hincarle el diente, y esta vez es Alex de Miñaur –sin recompensa en los tres careos previos– el que consigue sacar tajada de la falta de ritmo de ritmo del mallorquín, al que le escuece no tanto la derrota (3-6, 6-1 y 7-5, tras 2h 42m) como el hecho de haber dejado pasar varios trenes que normalmente coge y, sobre todo, ese feo final, en el que ha cedido dos juegos consecutivos en blanco y 10 puntos seguidos.
Si se simplifica a lo que dice el electrónico de los dos primeros compromisos, se puede interpretar que la situación del campeón de 22 grandes es preocupante de cara al verdadero objetivo del presente, que no es otro que el Open de Australia que comienza el día 16; si, por el contrario, el análisis se hace expansivo y recoge el discurso del protagonista, el balear transcurre por el camino lógico de alguien que durante el último medio año apenas ha podido competir, o bien lo ha hecho a marchas forzadas. De julio aquí, Nadal ha jugado 11 partidos y se ha repuesto de dos roturas abdominales, de modo que su deseo prioritario es obtener kilometraje porque entonces, dice, ofrecerá la fiabilidad habitual. El problema, como casi siempre, es el tiempo. En dos semanas exactas, ya no valdrá ensayo alguno. Se avecina el fuego real.

