Sincretismo preserva raíces de la comunidad rarámuri y les integra a la vida en la ciudad

Una olla con tesgüino, danzas con cascabeles y tambores, y una misa de ritual romano podrían parecer incompatibles, sin embargo, para el pueblo rarámuri estos elementos ya forman parte de su fe y tradición. Al asentamiento indígena de San Andrés en Parral, el folclor llegó de la Sierra hace más de 30 años y se entrelazó con el ceremonial católico creando un nuevo vínculo con la divinidad y a decir del padre Iván Medina este sincretismo ha permitido que decenas de familias conserven sus costumbres ancestrales y se puedan integrar a la vida en la ciudad.

En el asentamiento indígena de San Andrés, en Parral, esa convivencia entre tradiciones ancestrales y fe católica no es algo nuevo. Lleva más de tres décadas tomando forma y se ha convertido en parte de la identidad de las familias que llegaron desde distintas regiones de la Sierra Tarahumara para establecerse en la ciudad. Aquí, la religión no sustituyó sus costumbres: ambas terminaron encontrando una manera de convivir.

El sacerdote Iván Alberto Medina Martínez, coordinador de la Pastoral Indígena de la Diócesis de Parral y acompañante del albergue San Andrés, explicó que ese proceso tiene un nombre dentro de la Iglesia: inculturación del Evangelio. Se trata, dijo, de acercarse a los pueblos respetando su manera de ser, sus tradiciones y sus formas de expresar la fe, para que el mensaje religioso no les resulte ajeno.

“En todas las culturas están presentes las semillas de Dios”, explicó el sacerdote al hablar de la manera en que la iglesia busca acercarse a las comunidades rarámuri. No se trata de borrar aquello que los pueblos ya poseen, sino de comprenderlo y encontrar desde ahí una forma de acompañamiento.

En San Andrés esa convivencia puede observarse con facilidad. Los domingos las familias acuden a misa; los niños participan en catequesis; algunos reciben el bautismo, la primera comunión o la confirmación. Pero alrededor de esas celebraciones permanecen otras expresiones que vienen de mucho antes: las danzas, los matachines, el compartir los alimentos, los yúmares y una concepción comunitaria de la relación con Dios. Para el padre Iván, comprenderlo ha significado también aprender.

Un acercamiento a la cultura rarámuri que tomó tiempo y acompañamiento

Su primer acercamiento profundo con la cultura rarámuri ocurrió años atrás, cuando estuvo destinado en Guadalupe y Calvo. Desde seminarista había acudido a la Sierra y tenía interés por conocer a las comunidades. Ya como sacerdote, recibió la encomienda de trabajar en la pastoral indígena. Al principio, reconoció, no fue sencillo.

Recordó especialmente a un hombre mayor llamado don Toribio. La primera vez que se lo presentaron, ni siquiera levantó la mirada para verlo. El sacerdote intentó acercarse nuevamente y la respuesta fue prácticamente la misma. Una segunda ocasión, una tercera, y la barrera continuaba ahí. Iván llegó a pensar que quizá no tenía el carisma necesario para comunicarse con la comunidad.

Pero un domingo todo cambió. El gobernador indígena de Guadalupe y Calvo lo invitó a su casa para una celebración de Domingo de Resurrección. Había gente sentada en el patio, en el suelo, como acostumbran a hacerlo en algunas de sus reuniones; también había tesgüino, danzas y convivencia. No había un lugar disponible para sentarse. El único espacio que encontró fue junto a don Toribio.

Y ahí se sentó. Lo que había sido una relación distante comenzó a cambiar a partir de una conversación sencilla. El sacerdote empezó a preguntarle por su familia. Don Toribio comenzó a señalar a sus hijos y nietos, a explicar quién era quién, a contarle de su comunidad. Poco a poco se rompió aquella barrera que durante varios encuentros parecía imposible de atravesar. “Como que se rompió esa barrerita”, recordó el sacerdote.

A partir de entonces comenzó a visitar con mayor frecuencia aquella comunidad. Caminaba por los caminos entre los cerros, llegaba a casas humildes y conversaba con las familias. Una mujer rarámuri llamada Marcela le ayudaba como intérprete. El sacerdote comenzó a comprender que el acercamiento no necesariamente tenía que darse primero desde el discurso religioso. Tenía que comenzar desde la convivencia.

La experiencia terminaría marcando su trayectoria. Después fue enviado a estudiar Teología Pastoral a la Ciudad de México y, como parte de su formación, realizó una tesis relacionada con la pastoral indígena. Después regresó a la Sierra para continuar aprendiendo de sacerdotes con mayor experiencia en el acompañamiento de comunidades rarámuri. Incluso pensó que debía aprender la lengua.El idioma, otra forma de entender la espiritualidad rarámuri

Preguntó a un sacerdote jesuita que llevaba años viviendo en una comunidad cuánto tiempo le tomaría aprender rarámuri. La respuesta lo hizo replantearse la idea. Aquel religioso le explicó que había vivido tres años prácticamente sin salir de una comunidad y que después de ese tiempo apenas había comenzado a hablar la lengua. “Le dije: no, pues no”, contó entre risas.

El padre Iván reconoció que aprender el idioma sigue siendo una asignatura pendiente, aunque ha incorporado algunas palabras y expresiones básicas. En San Andrés, sin embargo, la comunicación es más sencilla porque buena parte de las familias rarámuri hablan español. Cuando se celebra una misa en las comunidades de la Sierra, el ritual se realiza en español. Durante la homilía, el sacerdote comparte el mensaje del Evangelio y posteriormente el gobernador indígena de San Andrés, Guillermo Negrete, ayuda con la traducción y complementa el mensaje desde la perspectiva de la cultura y la comunidad.Es una dinámica que refleja justamente esa mezcla entre dos formas de entender la espiritualidad. La Iglesia no pretende que los rarámuri abandonen sus expresiones tradicionales para convertirse en católicos. Al menos desde la perspectiva de la pastoral indígena que encabeza Medina, el objetivo es acompañarlos desde su propia realidad.

Eso explica por qué una celebración religiosa puede terminar acompañada de una danza, una comida comunitaria o un yúmare. Para los rarámuri, explicó el sacerdote, Dios es entendido como padre y madre. Es un Dios cercano, que acompaña, que proporciona la lluvia, que permite encontrar animales para alimentarse y que fortalece a la comunidad.

La comunidad ocupa un lugar central en esa concepción. La fuerza de Dios también está relacionada con la unidad de las personas. Por eso las danzas, los ofrecimientos y las celebraciones tienen un sentido que va más allá de lo folclórico.

Desde afuera puede resultar difícil entender por qué se ofrece maíz, trigo u otros alimentos a Dios. Pero el padre Iván consideró que esas expresiones deben entenderse dentro de la propia cultura. “Es su expresión, es válida”, explicó.La comparación que utiliza es sencilla: así como en la misa católica se ofrece el pan y el vino, los rarámuri expresan su relación con Dios a través de aquello que forma parte de su vida cotidiana y de su cultura. No significa que un yúmare sea una misa. Son ceremonias distintas. Pero ambas forman parte de una historia religiosa que, con el paso de los siglos, terminó entrelazándose.

El padre Iván explicó que incluso la manera en que los rarámuri se nombran a sí mismos contiene una referencia a ese proceso histórico. Al hablar de sí mismos utilizan la expresión “rarámuri pagótame”, que significa gente bautizada. Para él, ese dato refleja hasta qué punto la fe cristiana terminó formando parte de la identidad de las comunidades. Pero también muestra que esa incorporación no significó necesariamente abandonar su cultura.En la Sierra, esa identidad continúa presente. Y también viaja con las familias cuando salen de sus comunidades. Los rarámuri se han desplazado hacia ciudades como Parral, Chihuahua, Ciudad Juárez, Torreón, Guadalajara, Durango y otras regiones del país. La migración ha provocado que sus comunidades se dispersen, pero el sacerdote observa un fenómeno que considera significativo: pese a vivir fuera de la Sierra, muchas familias continúan conservando su identidad. “Cuando ellos van a otras ciudades, siguen viviendo como son”, dijo.

En San Andrés, esa permanencia cultural se ha convertido en parte de la vida cotidiana. El asentamiento tiene una historia particular. Desde los primeros años de su conformación, el sacerdote conocido como el padre Cobos tuvo un papel importante en el acompañamiento de las familias indígenas que comenzaron a establecerse en Parral.