Masacre de la calle Urueta: El crimen contra cuatro hermanitos que conmocionó a Chihuahua capital en 1981

La mañana del 12 de octubre de 1981, una tragedia sacudió a la colonia Santa Rosa, en Chihuahua capital. Cuatro hermanos, de entre 3 y 12 años, fueron asesinados en su propia casa por su padre, Alfredo Carmona, un obrero de 32 años que después se quitó la vida. 

La noticia apareció ese mismo día en las páginas de El Heraldo de la Tarde, en una crónica firmada por Óscar Ruiz Calderón. El reportero reconstruyó los hechos ocurridos en una vivienda ubicada en el cruce de las calles Urueta y 12a, donde una familia quedó destrozada en cuestión de minutos.

Una mente envenenada de machismo

Las víctimas fueron Marcos Manuel, de 11 años; Carlos Arturo, de 6; José Alfredo, de 12, y María Soledad, de apenas 3 años. Los cuatro hermanos fueron degollados mientras su madre, Cruz Silva, se encontraba trabajando en una maquiladora de la ciudad.

De acuerdo con la información publicada entonces por El Heraldo de la Tarde, el crimen habría sido planeado con anticipación. La crónica describió al responsable como un hombre con la mente “envenenada de machismo”, una expresión que apuntaba al trasfondo de control sobre su esposa que se desprendía de los indicios encontrados en la vivienda.

Entre las evidencias se localizó una carta escrita por Carmona, en la que pedía perdón a su esposa, pero también le reprochaba haber decidido trabajar. En uno de sus pasajes, reproducido por el periódico, escribió:

“Con lo que te den en la compañía tienes para los funerales. Si tu me hubieras hecho caso esto no hubiera ocurrido, las cosas estuvieran como antes, pero te empeñaste en trabajar. No culpes a mi madre…”.

El mensaje mostraba la manera en que el hombre responsabilizaba a su esposa por una decisión que él desaprobaba. En lugar de reconocer su propia responsabilidad, el criminal trasladaba la culpa a Cruz Silva, quien se encontraba fuera de casa cumpliendo con su jornada laboral.La peor escena posible

Los vecinos escucharon los gritos de los niños y fueron testigos de los momentos de angustia que precedieron al descubrimiento de la escena. Cuando se conoció lo ocurrido, la vivienda se convirtió en el escenario de uno de los episodios más estremecedores que recordaban los habitantes de la colonia Santa Rosa.

Los indicios encontrados en el lugar apuntaban a que los pequeños habían intentado escapar de su agresor. La crónica periodística describió una escena de extrema violencia: después de atacar a sus hijos con cuchillos, Carmona acabó también con su propia vida utilizando esas mismas armas.

La impresión que dejó el caso alcanzó incluso a los agentes que acudieron a atenderlo. Un teniente de policía entrevistado por el periódico expresó el desconcierto que le provocó el hallazgo: 

“En nuestros años de policía hemos visto muchos hechos de sangre, pero algo tan impresionante como lo de ahora no recordamos”.

La declaración reflejaba la dimensión de una tragedia que había dejado a una comunidad entera frente a una escena difícil de asimilar.

Una ciudad que lloró

La conmoción continuó durante los días posteriores, cuando se realizaron los funerales de los niños. Las crónicas de la época describieron la llegada de numerosas personas que se comunicaban con la policía para preguntar dónde se llevarían a cabo las ceremonias.

Muchos de quienes acudieron a despedir a los pequeños ni siquiera conocían a la familia. Aun así, se presentaron para acompañar el duelo y llorar a los cuatro hermanos, cuyas muertes habían causado indignación y tristeza entre los chihuahuenses.

Mientras la ciudad se volcaba en muestras de solidaridad, Cruz Silva permanecía hospitalizada debido al impacto emocional que sufrió al conocer la muerte de sus hijos. La mujer, originaria del municipio de Aquiles Serdán, trabajaba en Maquilas de Chihuahua, empresa vinculada al complejo industrial que hoy se conoce como Las Américas.

La madre trabajadora quedó así en el centro de una tragedia que no había provocado y que la dejó sin sus cuatro hijos. La casa desapareció, pero las tumbas siguen

Con el paso de los años, la vivienda donde ocurrió el multihomicidio dejó de existir. La humilde casa de la colonia Santa Rosa fue demolida y en el terreno se construyó otro inmueble, que actualmente alberga oficinas y una imprenta.

El sitio cambió de aspecto, pero la memoria del crimen permanece ligada a las calles Urueta y 12a. Para quienes consultan la hemeroteca de El Heraldo de Chihuahua, las noticias de octubre de 1981 permiten reconstruir tanto los hechos como la reacción que provocaron en una ciudad que se encontró de pronto ante la muerte violenta de cuatro niños.

Los restos de Marcos Manuel, Carlos Arturo, José Alfredo y María Soledad descansan juntos en el patio 45 del Panteón Municipal número 1, en un espacio delimitado por un barandal. Según la información disponible sobre el lugar, su padre fue sepultado a un lado de ellos.

Sobre Cruz Silva, la madre de los pequeños, se ha señalado que podría seguir viviendo en alguna colonia de Chihuahua capital, aunque ese dato no está confirmado.

Más de cuatro décadas después, la masacre de la calle Urueta permanece como uno de los episodios más dolorosos registrados en las páginas de la prensa local. La historia de los cuatro hermanos recuerda el costo irreparable de la violencia ejercida dentro del hogar y la necesidad de mirar más allá de la tragedia para reconocer las relaciones de control y sometimiento que pueden precederla.