
Ciudad Juárez.- Los vientos de la política internacional vuelven a oler a pólvora. No es solo un asunto de ideologías o fronteras, sino de una peligrosa nostalgia por la fuerza bruta como forma de gobierno del mundo. La idea, cada vez menos velada, de que los países “se rigen por el poder” reabre una puerta que la humanidad creía, al menos, entornada. Y esa puerta conduce a un escenario donde el injerencismo regresa sin pudor, disfrazado de seguridad nacional y ambiciones geopolíticas.
Las señales no son menores. Hemos visto en los días recientes, cómo los discursos normalizan la intervención militar, y colocan sobre la mesa la anexión de territorios y la explotación de recursos ajenos. Bajo esta lógica, no solo los gobiernos de izquierda, como el de México, se encuentran en riesgo. Lo está cualquier nación que no forme parte del reducido club de potencias. América Latina, África, gran parte de Asia y el propio “tercer mundo” se convierten en tablero y botín, nunca en interlocutores.
La política exterior de Donald Trump, marcada por asesores que reivindican abiertamente la fuerza como principio rector, revive la vieja doctrina de que lo militar es argumento y solución. Venezuela, Groenlandia y lo que venga después aparecen como piezas de una misma narrativa: la del mundo administrado desde la imposición. Lo que ayer parecía una broma geopolítica hoy se plantea como posibilidad seria, y eso debería encender alarmas en cada cancillería.
Porque un retorno pleno al injerencismo no conduce a debates diplomáticos, sino a la antesala de conflictos internacionales sin salida. Y en ese escenario, ningún país periférico está a salvo. La hostilidad como método, la presión como lenguaje y la anexión como proyecto hacen trizas la idea de soberanía. La pregunta es inevitable: ¿cuánto falta para que el mundo vuelva a organizarse en torno a la ley del más fuerte?
Si esa ruta se consolida, no habrá gobierno –de izquierda o de derecha– que esté verdaderamente seguro. Y entonces, lo que hoy parece advertencia periodística puede convertirse en crónica de guerra anunciada.

